Llego a los lugares en los que los púberes como yo se juntan a bailar, y no puedo decir que sean boliches o discotecas porque a esta edad sólo son fiestas en casas de familia o salones que se acondicionan para la ocasión. La cosa es que llego a este tipo de lugares y pasa siempre lo mismo, al cabo de un rato de escuchar la música fuerte me siento en alguna silla… al tiempo me recuesto y, lógica pura, me duermo.
Esta triste realidad es el primer reflejo de un post-niño que no entiendo su nuevo lugar en el mundo. Un lugar que impone casi dictatorialmente una constante, tener éxito con las mujeres.
Claro que para ello hay que saber cómo hacerlo. Cómo hablarles, cómo mirarlas, como llevarlas a ese punto en que queremos dominarlas, someterlas…
Nada de esas habilidades pude conocer. Ni las conozco ahora.
Todos con los que ando besan chicas, les tocan el culo y hasta algún pecho. Yo a esta altura toco otras cosas.
Es fines de 1990. Yo sigo sin entender cómo es que un maldito mexicano nos cobra un penal en contra a falta de 10 minutos y nos deja sin la miel de conseguir una nueva Copa del Mundo. Las lágrimas de Diego… Mi mente se reparte sus pocos razonamientos entre el fútbol, el despertar de mis gustos musicales y algunos otros descubrimientos… pero nada de mujeres.
En medio de este desierto emocional y de vacío de experiencias pseudo sexuales, comencé a ilusionarme con una chica. La única que conocía, con la única que podía hablar sin que me diera vergüenza, sin que la taquicardia me hiciese tartamudear.
Aquella primera noción de amor, o lo que yo creía que fuera, resultó un duro golpe a mi inexperto corazón. Siempre supe que ella iba a ser, tarde o temprano, la mujer que descubriera mis labios, mis caricias, mis primeras palabras cargadas de sentimiento. Y no sucedió.
En cierta manera hubo algo pero no se dio como las reglas de la naturaleza lo indicaban. Es decir, un chico y una chica de 15 años, que se sienten atraídos el uno por el otro… no estoy seguro de sí ella sentía esa atracción.
Con Laura nos conocemos desde muy chicos, demasiado diría. Típica historia. Mis padres y los suyos eran muy amigos y ambas familias resultaron bastante unidas por esa amistad. Por ello, verla casi a diario, resultaba común en algún momento de mi vida. Lo cierto es que esa amistad de familias resultó ser nuestro nexo y, desde nuestros primeros años de adolescentes ese vínculo fue testigo del despertar hormonal.
Como es lógico, por ser mujer, ella desarrolló su físico con anterioridad a mí. Así aparecieron sus curvas, sus gestos femeninos y, gracias a Dios, dos enormes y maravillosas tetas que alimentaban mis pupilas a diario. Enseguida Laura comenzó a demostrar interés en mí como persona del sexo opuesto e incluso me lo manifestó en algunas oportunidades. Pero yo, tremendo gandul, hice caso omiso y disfrutaba más jugando al fútbol y gritando goles imaginarios de mi San Lorenzo, en lugar de aprovechar la oportunidad de apoyar mi cara en sus redondeces.
El tiempo pasó y, al no encontrar respuesta en mi, Laura consiguió un novio que probará sus labios por primera vez. El tipo se la apretaba sin asco y fue allí, deslumbrado por tremenda demostración de afecto, que caí en la cuenta de lo idiota que había sido...
Con los meses ella cambió de pareja, se enamoró de un tipo llamado Enrique, y estuvo un largo rato de novia con él. Al tiempo yo descubría un consuelo mágico que aún hoy practico con frecuencia, la masturbación.
Cuestiones más, cuestiones menos, un buen día la encaré y le solté: “eehh.... Laura?....eehhh.....necesito decirte algo. Mirá....bueno....eehh...”, no hizo falta que siguiera. Ella sonrió y preguntó: “¿No te parece que ya se te pasó el cuarto de hora? Yo estoy de novia y estoy cómoda con él. Igual yo sé que algún día vamos a terminar juntos”. No terminó de decir eso que me animé y le puse un beso. Mi primer gran beso. Antes había rozado otros labios, incluso los de Laura, pero siempre en el marco de algún juego infantil-sexual como la Botella o el Semáforo o Verdad Consecuencia, ¿quién no los jugó alguna vez? Fue una experiencia única y que aún recuerdo. Sus labios eran muy suaves y no opusieron resistencia al choque con los míos. Mientras la besaba, pensaba qué carajo decir después, pero no fue necesario hablar. “Esto no está bien. Vos me vas a gustar siempre pero no está bien...”, dijo y se alejó.
A partir de ese día nuestra relación cambió por completo. Yo intentaba seducirla pero ella me esquivaba a diario. Con el tiempo esa magia se disipó y Laura es hoy sólo el recuerdo de mi primer beso y de un amor que no fue. Hace poco la vi en una fiesta, no me animé a saludarla, y la encontré demasiado desarreglada y un poco fuera de peso y como consuelo agradecí de no haber conseguido enamorarla...
Esta triste realidad es el primer reflejo de un post-niño que no entiendo su nuevo lugar en el mundo. Un lugar que impone casi dictatorialmente una constante, tener éxito con las mujeres.
Claro que para ello hay que saber cómo hacerlo. Cómo hablarles, cómo mirarlas, como llevarlas a ese punto en que queremos dominarlas, someterlas…
Nada de esas habilidades pude conocer. Ni las conozco ahora.
Todos con los que ando besan chicas, les tocan el culo y hasta algún pecho. Yo a esta altura toco otras cosas.
Es fines de 1990. Yo sigo sin entender cómo es que un maldito mexicano nos cobra un penal en contra a falta de 10 minutos y nos deja sin la miel de conseguir una nueva Copa del Mundo. Las lágrimas de Diego… Mi mente se reparte sus pocos razonamientos entre el fútbol, el despertar de mis gustos musicales y algunos otros descubrimientos… pero nada de mujeres.
En medio de este desierto emocional y de vacío de experiencias pseudo sexuales, comencé a ilusionarme con una chica. La única que conocía, con la única que podía hablar sin que me diera vergüenza, sin que la taquicardia me hiciese tartamudear.
Aquella primera noción de amor, o lo que yo creía que fuera, resultó un duro golpe a mi inexperto corazón. Siempre supe que ella iba a ser, tarde o temprano, la mujer que descubriera mis labios, mis caricias, mis primeras palabras cargadas de sentimiento. Y no sucedió.
En cierta manera hubo algo pero no se dio como las reglas de la naturaleza lo indicaban. Es decir, un chico y una chica de 15 años, que se sienten atraídos el uno por el otro… no estoy seguro de sí ella sentía esa atracción.
Con Laura nos conocemos desde muy chicos, demasiado diría. Típica historia. Mis padres y los suyos eran muy amigos y ambas familias resultaron bastante unidas por esa amistad. Por ello, verla casi a diario, resultaba común en algún momento de mi vida. Lo cierto es que esa amistad de familias resultó ser nuestro nexo y, desde nuestros primeros años de adolescentes ese vínculo fue testigo del despertar hormonal.
Como es lógico, por ser mujer, ella desarrolló su físico con anterioridad a mí. Así aparecieron sus curvas, sus gestos femeninos y, gracias a Dios, dos enormes y maravillosas tetas que alimentaban mis pupilas a diario. Enseguida Laura comenzó a demostrar interés en mí como persona del sexo opuesto e incluso me lo manifestó en algunas oportunidades. Pero yo, tremendo gandul, hice caso omiso y disfrutaba más jugando al fútbol y gritando goles imaginarios de mi San Lorenzo, en lugar de aprovechar la oportunidad de apoyar mi cara en sus redondeces.
El tiempo pasó y, al no encontrar respuesta en mi, Laura consiguió un novio que probará sus labios por primera vez. El tipo se la apretaba sin asco y fue allí, deslumbrado por tremenda demostración de afecto, que caí en la cuenta de lo idiota que había sido...
Con los meses ella cambió de pareja, se enamoró de un tipo llamado Enrique, y estuvo un largo rato de novia con él. Al tiempo yo descubría un consuelo mágico que aún hoy practico con frecuencia, la masturbación.
Cuestiones más, cuestiones menos, un buen día la encaré y le solté: “eehh.... Laura?....eehhh.....necesito decirte algo. Mirá....bueno....eehh...”, no hizo falta que siguiera. Ella sonrió y preguntó: “¿No te parece que ya se te pasó el cuarto de hora? Yo estoy de novia y estoy cómoda con él. Igual yo sé que algún día vamos a terminar juntos”. No terminó de decir eso que me animé y le puse un beso. Mi primer gran beso. Antes había rozado otros labios, incluso los de Laura, pero siempre en el marco de algún juego infantil-sexual como la Botella o el Semáforo o Verdad Consecuencia, ¿quién no los jugó alguna vez? Fue una experiencia única y que aún recuerdo. Sus labios eran muy suaves y no opusieron resistencia al choque con los míos. Mientras la besaba, pensaba qué carajo decir después, pero no fue necesario hablar. “Esto no está bien. Vos me vas a gustar siempre pero no está bien...”, dijo y se alejó.
A partir de ese día nuestra relación cambió por completo. Yo intentaba seducirla pero ella me esquivaba a diario. Con el tiempo esa magia se disipó y Laura es hoy sólo el recuerdo de mi primer beso y de un amor que no fue. Hace poco la vi en una fiesta, no me animé a saludarla, y la encontré demasiado desarreglada y un poco fuera de peso y como consuelo agradecí de no haber conseguido enamorarla...

